viernes, 19 de julio de 2013

Escrito #7

Algún día escribiré nuestra historia.
Si va mal, prometo escribirla y ponerle un final bonito.
Pondré tus iniciales en la dedicatoria y te enviaré una de las primeras ediciones por correo, con una carta mía entre las páginas diciéndote las cosas que hasta ahora no había contado.
Pero no tendré que escribirla porque la estoy viviendo.
La estaré viviendo.
No necesitaré escribirla porque lo estoy haciendo día a día junto a ti.
Gracias por escribir nuestra historia conmigo.


19AAD

viernes, 12 de julio de 2013

Contigo.

Sueña amor, sueña, que es gratis. Sueña lo que quieras, pero sueña con aquel que te hace feliz.

19.AAD

Tu y yo, (I Won't Give Up, Jason Mraz)

Era tan sencillo. Nunca pensé que podría ser así. Pero ahora, pensar es complicado teniendo tus labios tan cerca de los míos. Siento tu respiración en mi piel, tu mano enredándose entre mi pelo y atrayéndome hacía ti. Lentamente, caemos sobre la cama.
No hubiese creído que llegaríamos hasta aquí. Tan cerca, como hasta ahora. Pero antes no tenía el mismo significado. Antes me abrazabas, me pegaba a ti, me encantaba que me pasaras el brazo por los hombros y que me dejases poner mi oído sobre tu pecho para oír tu corazón. Era, es tan normal que de repente, así de la nada, me besases en la mejilla y pegaras mi frente con la tuya, cerrando los ojos. Todo eso adornado con el hermoso cartel de “amistad”. ¿Pero que amistad es esa, sintiendo como siento mi corazón latir cuando lo hacías? Era tan normal sentarme sobre tu regazo cuando estábamos con los demás y que tu respondieras sujetándome por la cintura...
Cómo amaba eso.
Me hacía sentir especial, bonita, querida.
¿Por qué esperamos tanto? Deseábamos este beso, anhelábamos estos labios. Nuestras manos querían rozar con un significado distinto, uno más alto, más definitivo.
Y hasta aquí hemos aguantado.
Siento todo el peso de tu cuerpo caer sobre el mío, tus brazos a cada lado, protegiéndome. Tus labios deslizarse sobre los míos, fundiéndose en un beso. Y con ese beso olvido que allá fuera existía el mundo. Me olvido del ruido del tráfico, del incesante ir y venir. Me olvido de todo excepto del tacto de las sábanas y el de tus labios. El único ruido que soy capaz de escuchar es tu respiración acompasada a la mía. El único ir y venir del que soy consciente es el de mis dedos bajo tu camisa, tanteando toda tu espalda, cayendo despacio por los lados de tu cintura.
Era tan previsible. Supongo que todos los veían venir. Yo era tan natural contigo, no existía la necesidad de usar capa ni cúpula alguna donde esconderme. Podía estar abierta y desprotegida, porque mi capa y mi cúpula eras tú.
Te separas, mirándome inexpresivo. Me muerdo el labio, asustada de que te hayas arrepentido y espero nerviosa a que digas algo para romper el silencio. Pero a veces se dicen más cosas con el silencio que con las palabras. Simplemente bajas hasta apoyar tu cabeza sobre mi pecho. Buscas mis manos y enredas en ellas tus dedos. Cierro los ojos, recuperándome del beso.
-Cuéntame una historia. -me pides.
-¿Una historia? ¿Sobre qué?
-De lo que quieras. Sólo una condición – me aclaras.
-¿Cuál?
-Tenemos que estar los dos, tu y yo, y tenemos que querernos tanto como lo hacemos en este momento.


19. AAD

Aun mas profundo.

Se escondió bajo el agua. Disfrutó de la sensación de las olas golpeándola, de aguantar el aire hasta tocar el fondo, de escalar con las manos hasta llegar a la superficie. Inspiró llena de júbilo, cogiendo una bocanada de aire y volvió a meterse, chapoteando. Se atrevió a abrir los ojos en el agua salada. Su visión era borrosa, pero distinguía las silueta de las rocas, peces que nadaban junto a ella, atravesando tan rápido que parecían rayos fugaces plateados. Corales incrustados en las piedras.
Esa sensación de sentirse realmente a gusto, en casa. El agua rodeandole, cubriéndole, removiendo sus cabellos. Ese picor en la garganta por la falta de aire, sus manos, sus pies, cada parte de su cuerpo pidiéndole más oxígeno. Y cuando ya no se puede más, subir y hundirse de nuevo. Y seguir nadando, alejarse metros de la orilla, desafiarse a si mismo bajando más hondo, retándose a tocar el fondo mas fondo. 
Entonces, algo roza su piel. Asustada, se para en seco, quedándose lo más quieta posible. Nota como el agua a su alrededor se mueve levemente. La adrenalina se dispara, el picor de la garganta se agrava. Lentamente, gira mirando a su alrededor. Nada. Vacío. Ni un ser, ni un alma. Con el ceño fruncido, comienza a ascender. Alza la cabeza hacia la luz del sol, echando hacia atrás la melena, describiendo olas sobre las olas. Los pies impulsándole de forma  silenciosa. 
Unos dedos se enredan a su tobillo. Abre los ojos, tragando involuntariamente agua que se mete en los pulmones. La arrastra hacia abajo, hasta la zona mas profunda. Se remueve, lucha por soltarse. Los dedos resbalan pero la cogen de nuevo, subiendo aun más por su pierna. 
Necesita respirar, su cuerpo le pide aire. Mira atrás, sin dejar de luchar con lo que tira de ella. Una cara humana sin rostro, apenas una boca abierta repleta de hileras de dientes. Largos cabellos blancos, enredados. Por mucho que se retuerce, no logra zafarse. La enorme y escamosa mano que la atrapa aprieta más y más sobre su piel.
Sus ojos se cierran, sus extremidades no responden. Poco a poco se adormece, y es arrastrada inerte hacia las profundidades.

domingo, 7 de julio de 2013

Erase una vez

Erase una vez, hace mucho tiempo, un princesa que vivía en un reino muy grande. Tenía por costumbre enviar todos los días una paloma con un mensaje sin destino alguno. La soltaba desde su ventana, bien de madrugada para que volviera de noche. Esperaba impaciente, con los brazos sobre la repisa, a  ver su silueta acercarse y comprobar si su mensaje había llegado a alguien.
Esa vieja costumbre comenzó cuando, años atrás, leyó en un libro la historia de dos amantes que se conocieron tras encontrar una carta entre escombros. El chico era un poeta, y la muchacha una soñadora. Crearon un enrevesado juego que sólo entendían ellos dos. El poeta escribía la primera estrofa de un poema, la muchacha la segunda y así sucesivamente.
La princesa, deseosa de encontrar así al amor de su vida, inició el mismo juego. Dado a que por orden del Rey, no tenía permitido salir de los límites de palacio, usaba una paloma mensajera, con las alas blancas y el cuerpo gris, y ataba en su pata un viejo pergamino con una cinta de seda.
En aquel lugar no estaba bien visto leer a las palomas ajenas por lo que el mensaje paso desapercibido. Ante ésto, la princesa amplió la zona hasta otros reinos fronterizos, y más tarde hasta aquellos que estaban al otro lado del mar.
Pasaron los años. La princesa persistió en su intento. Envió también su pequeña estrofa en botellas arrojadas al océano, la escondió entre páginas de libros y la ocultó entre las cestas de fruta que iban camino del mercado. Mientras tanto, anhelaba con todas sus fuerzas el mundo que se extendía fuera de su castillo. Creaba historias sobre cada persona que pasara bajo su ventana, imaginaba todo lo que se extendía tras los límites de sus tierras.
Entre envío y envío, la princesa pasó de ser una niña soñadora a una adolescente bella y hermosa. De piel pálida y larga cabellera negra. El Rey, tras haberse quedado viudo en tres ocasiones y haber perdido a todos sus herederos, sólo tenía a la princesa. Su miedo más grande era alejarse de ella, así que   tomó la decisión de mantenerla alejada del mundo exterior para mayor protección. Su hermosura atraía a  muchos pretendientes que él mismo se ocupaba de desterrar. Su linda voz hacía que millones de trovadores pidiesen que cantasen con ellos una sola canción, entonces el Rey les ordenaba abandonar inmediatamente el castillo, prohibiéndoles acercarse si quiera a su reino.
La paloma llevaba fuera tres días. La princesa no sabía si preocuparse o no, pensó que con tanta distancia era normal que tardase, sin embargo, no pudo evitar sentir alivio cuando la vio llegar en medio de la noche. Se deshizo de las sábanas, corrió hacia ella y desenlazo el mensaje de su pata. Lo acercó a una vela para comprobar que por fin, había una segunda estrofa del poema. Entusiasmada ante la respuesta, se apresuro a escribir otra y a enviar la paloma nuevamente.
El príncipe descubrió con sorpresa como el ave descansaba tranquilamente sobre su escritorio. Sonrió, desato el mensaje y descubrió la misma letra pequeña y elegante de la vez anterior. No era un poema a continuar si no una presentación. No cabía de gozo. Por lo que leía la dueña de esa letra era una princesa de uno de los reinos al otro lado del mar. Desde la primera carta, mandó  a millones de pintores, mensajeros y demás siervos hasta allí con la intención de averiguar más cosas sobre ella. La mayoría volvían desterrados, los que no, decían que cuyos ojos eran tan profundos y azules como el mismo cielo. Desde entonces, él dirigía siempre la mirada hacía arriba para no dejar de admirar el hermoso color de sus ojos.
Desde entonces, la princesa de aquel reino tan grande y el príncipe de aquel reino tan lejano estuvieron mensajeandose vía paloma durante meses, esperando con impaciencia los tres días que tardaba en ir y venir.
Poco a poco, no pudieron evitar enamorarse. Las cartas pasaron de simples anécdotas y noticias a largas declaraciones de amor. La princesa soñaba todas las noches con sus brazos y él con sus ojos, que nunca había visto.
Desgraciadamente, el Rey se enteró gracias a una de las damas de compañía de la princesa, de la clandestina correspondencia. Ante la horrible visión de verla enamorada y partiendo en barco hacía aquel lugar remoto, entró en cólera. Se puso en contacto con el Rey de aquel reino lejano y acordaron construir una enorme y alta muralla para que las palomas no pudiesen traspasarla.
Durante la construcción, la muchacha lloraba cada ladrillo, cada piedra que escalaba hacia el cielo, aumentando la distancia con el príncipe. Apresuraron las últimas cartas, diciéndose una y otra vez cuanto se amaban por última vez, incluyendo también entre pergaminos ligeros colgantes, anillos y brazaletes.
Cuando el muro estuvo terminado, la princesa gastaba sus horas apoyada a la repisa, deseando que en una de esas el muro tuviese un agujero por el que la paloma pasase. Sin embargo, no era así, y abrazaba con fuerzas los regalos y cartas que el príncipe le había mandado. El corazón de la princesa se rompió en pedazos y se hizo débil, y junto a su corazón, su cuerpo. En una epidemia, enfermó gravemente. Entre fiebres y delirios, releía sin descanso las poesías, los pequeños cuentos y las largas declaraciones de amor.
A pesar de lo que los médicos de palacio dijeron, la princesa no murió de peste, si no de una profunda tristeza.