sábado, 27 de febrero de 2016

XVII

No había horas
sino una aguja que giraba
día tras día,
de la una a las dos,
de las dos a las tres,
de las once a las doce,
y vuelta a empezar.

No había minutos porque no tenía forma de contar
los segundos que aguantaba la respiración
esperando,
expectante,
a que te decidieras a darme
dos gotas más de inspiración
para escribir dos intentos fallidos de verso.

No existía el tiempo
porque habíamos torcido las manecillas
y no tenía tinta para escribir
ni sangre para dibujar.
No existía el tiempo,
ni tú, ni yo.

Ayer me pareció escuchar de fondo
el tic tac de un segundero,
vi de reojo una aguja que se movía.
Tal vez fue cosa mía,
pero por un momento pensé,
que tal vez,
sólo tal vez,
le habías dado cuerda a nuestro reloj
y el tiempo volvía a correr.