jueves, 9 de junio de 2016

Veo el tiempo pasar día a día, muy despacio, tanto que resulta imperceptible.
Veo el tiempo en la barba picada de canas de mi padre, en la vista cansada de mi madre. Sentí el peso de su paso el día de mi graduación, el día que descubrí en mi madre una arruga más en su sonrisa. Me pesa el pecho al recordar cuando entré en secundaria y no hace ni una semana que terminé el bachillerato.
¿Qué me queda por vivir?
No sé que me asusta más, si envejecer, o tener una vida como la de cualquiera.

No hace tanto tomé conciencia de lo fuerte que abraza el reloj, de lo mucho que he cambiado, mejorado, retrocedido. Me he sorprendido llorando por algo que había escrito, llorando de emoción al ver recompensado mi esfuerzo, llorando de rabia ante mi incapacidad de luchar contra todo, llorando de tristeza por tener que dejar a tanta gente, tantos ojos.
No puedo mirar atrás porque esa no es forma de echarle un vistazo al tiempo, pero a veces me atrevo y en mi descaro veo a otra persona, con los mismos rizos, misma estatura, pero distinta sin saber explicar cómo.
Tiempo. Al final todo se reduce y acaba con el tiempo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario